Acero Británico

Era hermosa.

Para mí, para mis amigos, para todos los presentes, piedra libre a la belleza ineludible.

Llegamos con mis amigos a un bar de Vicente López de esos que dan a la playita. Teníamos como mucho 20 años y el atrevimiento de un nene de 5 pidiendo ese juguete preferido a cuanta tía o tío se cruce por el camino. Ingresamos y todos la vimos sentada en una especie de Vespa azul, con sus pelos negros muy mal cortados pero largos muy largos, una especie de pollera media-asta de flores hermosas y una camisola entre hippie y muy hipppie azul, tan hermosa como ella.

Éramos cinco, pasamos delante de ella y mirándome directamente a los ojos dijo, es muy lindo tu pelo.

Debo contar que a esa edad el largo llegaba a más de la mitad de la espalda y si bien lo mío era un manifiesto de música de guitarras distorsionadas y letras sangrientas/satánicas, mi aspecto en otros tópicos, era de un chico rockero moderno, apenas heavy, como para no espantar chicas.

Agradecí con mi cabeza haciendo un pequeño latigazo hacia abajo, invadido por la vergüenza y seguí caminando como si nada hubiera sucedido.

Los chicos me miraron un poco espantados por mi escasa reacción.
De cobarde nomás, me amparé en frases del tipo seguro estaba aburrida, o es la típica chica linda histérica.

De todos modos prometí cual político en campaña, que si pasaba nuevamente delante mío le diría algo.

Pasó delante mío a los dos minutos, me miró y no le dije nada, con todos mis amigos de testigos.

Volví a prometer si cuando voy a la barra me la cruzo le digo algo.

Me la crucé, no le dije nada y a esa altura mis amigos dudaban incluso de mi sexualidad. Mi pudor estaba pasando a peor vida.

Juramenté a un dios en el que no creo, que si me la cruzaba una vez más le hablaba.

No me lo permitió. Vino directamente a mí, me susurró que se llamaba Karina y me preguntó si era de la zona. Luego de mantener una conversación de 5 minutos en la que le dije que cantaba en una banda de rock, nos prometimos llamarnos por teléfono, para vernos antes de que ella viaje a la costa, porque trabajaba durante los tres meses del verano.

Era Promotora.

Nunca la llamé.

Tuve miedo de que me lastime, de que me haya tomado el pelo, de que eso haya sido una apuesta entre amigas, de que se tome el atrevimiento de hacerme creer que las chicas lindas podían ser atrevidas.

A los dos meses caminaba con mi amigo Leo por la peatonal de Villa Gesell.

Entre los amigos decíamos que estar con él traía suerte y así me lo estaba por demostrar el destino.

Dos chicas muy lindas comenzaron a caminar hacia nosotros. Ambas vestían un pantalón de cuero ajustado, una musculosa entallada tremendamente entallada y zapatitos apenas altos.

Ambos le dedicamos nuestra mirada más atrevida mientras ellas seguían dirigiéndose a nosotros.

Leo me dice che, la morocha te está mirando demasiado. Una era morocha y la otra rubia. Cuando estuvieron a un metro, una de ellas preguntó ¿gaby?

Yo no entendía quien era, de dónde la conocía. Mis amigos siempre hablaron de mi, llamémosle, suerte con las chicas, pero esto excedía todo proyección de éxito o fortuna. No había simpatía, gracia, particularidad, sonrisa,broma o encanto que justifique que esa fémina me conozca o me hable.

Karina de La Arboleda en Vicente López me dijo entre asombrada y molesta.
Claro su pasado hippie no coincidía con su actual imagen de chica rockera muy mala y perniciosa. Yo había olvidado su trabajo veraniego de promotora de no sé que y debía vestirse así.

Nunca me llamaste me dijo ante el oído atento de Leo, quien había sido testigo de mi cobardía de antaño.

Perdí el teléfono, mentí.

Mentira de épocas sin celulares. Mentiras que ya no existen y fueron reemplazadas seguramente, por otras mucho menos románticas.

Preguntó ¿qué hacés hoy? Le conté que salía con mis amigos a un boliche rockero llamado La Cruz. Lamentó tener que ir a un evento que se realizaba en Pinamar y en el que tenía que estar. Me invitó pero tontamente le dije que preferiría verla en otra situación.

Me propuso con la valentía y la impunidad de un vikingo, encontrarnos al otro día en la esquina de la 3 y 103 tipo 4 de la tarde e ir a la playa. Y Así quedamos.

Yo tenía mucho miedo de que no vaya. De esperarla en esa esquina durante 30 minutos y terminar tomándome un helado sólo e inventándole a mis amigos una causa por la cual estaba esa noche con ellos y no con ella.

En realidad tenía miedo de que vaya, me dedique lo mejor de sí misma, pero sólo por un par de días.

Temía ser sólo la anécdota de una chica hermosa y cheta que se sacaba el gusto de estar con un rockero adolescente sin fama y engreído pero que escondía detrás una sensibilidad casi idiota e imperceptible.

Temí enamorarme. Esa es la verdad. Porque cualquier hombre ante una chica valiente, atrevida, hermosa, que dice lo que siente y quiere, cae en amor y listo.

Fui a esa esquina, esperé y a los 30 minutos estaba pidiendo un cucurucho de dulce de leche bañado en chocolate. Caminé "solapa" hasta la casa que habíamos alquilado con mis amigos y me puse a escuchar BRITISH STEEL de JUDAS PRIEST haciendo un air drum asombroso.

Yo me decía flaco ¿qué querés? dos veces te invitó a salir. DOS VECES! Sos un tarado. Merecés que no haya ido.

Dudaba entre decirles a mis amigos que tenía mal aliento o que cogía mal. Ella no se lo merecía, pero de cobarde nomás.

Turistas

Un subte apenas lleno.

Suben dos chicos post adolescentes notoriamente turistas. Y digo notoriamente por su vestir de pantalones de tela rara y colores; porque ambos portaban un corte de pelo atrevido con esa desprolijidad tan francesa o inglesa; por proteger sus ojos con gafas de colores un tanto llamativos; por lucir remeras un poco raídas pero desbordantes de onda; porque colgaban de sus hombros mochilas nunca vistas. Pero por sobre todas las cosas, porque hablaban en francés.

O eran una especie muy rara de senegaleses, pero no creo.

De pronto uno de ellos sonríe al otro y saca de su mochila una Quilmes de litro.

Lo hizo con la gracia inconfundible de un ser que parece haber nacido en el MOMA, en fin...

Los allí presentes observaban la situación con una mezcla de sorpresa y gracia ante esa cuota de ¿cómo llamarla? ¿Inocencia?

El otro turista abre su mochila y saca un llavero que contenía una de estas navajas con más funciones que una PC y con el atrevimiento de un niño de 10 años robándole 2 pesos de la billetera a la mamá para ir a los fichines, abrió la cerveza.
Las sonrisas eran de un comercial de dentífrico, bellas bellas.

La impunidad sobrevoló el vagón de un subte que parecía amar la ingenuidad de estros seres nacidos en otras latitudes. Nacidos en un lugar del mundo diferente, con otras costumbres que algunos imaginan no tan mundanas, que otros como yo sabemos que nada tiene que ver la latitud con las buenas o malas costumbres en ciertas instancias, edades o personalidades.

Comenzaron a disfrutar ese líquido que para ellos era casi amniótico. Todos sonreían y ellos como si nada.

En ese instante preciso confirmé una teoría que tengo hace un tiempito. Y es esta.

Si escuchamos a alguien decir "ayer me tomé un vinito", uno se lo imagina en un bar muy cool de palermo con amigos o una chica despampanante y obviamente tomando un ejemplar cosecha no se cuanto y de un costo por arriba de los tres dígitos.

En cambio si escuchamos que alguien dice "ayer me tomé un VINO", ese ser vivo es un borracho irreversible, que tomó ese líquido barato a escondidas de sus seres queridos, que no tiene trabajo y no hace nada por tenerlo.

Y si estos dos hermosos franceses que disfrutaban su Quilmes de litro hubieran sido dos adolescentes urbanos, argentos; vestidos como dos adolescentes de por acá, más de uno se hubiera bajado del subte con una sensación de alivio ante el mini temor vivido ante hipotéticos desbandes.

La gente piensa así, no yo, la gente. O por lo menos la gente de ese vagón repleto de sonrisas dedicadas a dos franceses.

Y la verdad es que eso me dio cierta bronquita.

Veintipico

Salieron juntos de una especie de universidad privada, Ambos vestidos con esa formalidad que dice mucho menos de lo que se pretende.

Veintipico él.
Veintipico ella.

Él vestía un pantalón azulcito con pliegues muy marcados y que contaban a viva voz, lo bien planchado que estaba. Su camisa blanca impoluta, muy lisa y almidonada. Casi ahorcada dentro del pantalón, que dejaba entrever un campestre cinturón de ¿cuero blanco?

Desconfío un poco de ese material apenas cremita, que simula ser cuero.

Su pelo marrón apenas se separaba de cuero capilar, parecía dibujado. Típico que luego de una virulenta brisa, se lo acomodaba y peinaba con las manos, pero sin darse cuenta que, ni su peinado varió mucho ante el viento, y mucho menos con sus caricias.

Pero esto es algo que nunca me atrevo a descubrirle a una persona. El pelo o el peinado es casi sagrado para uno.

Ella disfrutaba de un pantalón de vestir que transcurría por sus piernas sin pena ni gloria. Daba lo mismo. También llevaba una camisita entallada. Odio el diminutivo, pero no podría describirlo de otro modo. La usaba muy ajustada y dentro del pantalón y su color verde manzana también era un poco nada. Usaba el pelo de un modo que nunca entiendo la causa, se llama media cola creo. Como que queda a mitad de camino de todo. No es sexy, no da ternura, no pasa nada, al menos para mí. Sus zapatos, según su criterio, combinaban; eran verdecitos también.

Salieron sonriendo y conversando, pero tengo la sensación de que intercambiaban palabras porque los obligó el destino. O compartieron el ascensor, o el pasillo. Y como se conocían porque concurrían al mismo curso, hablaban, pero son cosas que uno imagina.

Noté y sólo por ser varón, que él la miraba pensando "pero que linda sos". Más que nada por algunos gestos y miradas. Como que inspeccionaba con sus ojos algo detrás de sus retinas, algo más allá.

Todo lo contrario a ella que parecía pensar que "poco me importás". Pero son prejuicios míos que tengo a cantidades industriales.

En un momento se besaron a modo de despedida circunstancial. El apoyó su mano derecha en su hombro izquierdo; ella cedió su mejilla más bonita y giró su cuello con la suavidad de un cisne, a la vez que torció su boca, como para evitar más contacto que el justo y necesario para ese tipo de saludos.

Se besaron en la mejilla y salieron para lados opuestos, dejando escapar de sus bocas, palabras de salutación por el aire, mientras se alejaban cada uno por su lado y teniendo de frente la calle, el destino.

Él volvió a darse vuelta como para terminar la frase dedicada a ese saludo verbal, o vaya uno a saber que otra cosa que le habría quedado en el tintero.

Pero ella ya estaba totalmente de espalda a él, como asumiendo que nada le había importado esa circunstancia liviana de despedida.

Lo particular es que no dejó de expresar con sus labios eso que quería decirle, pero, si bien comenzó la frase a un volumen normal, sin gritar, fue decreciendo hasta llegar a decibeles infrahumanos. Imperceptibles.

Cuando él retomó la posición corporal de caminar hacia adelante con todo su cuerpo, esbozó una mueca de desazón que nunca voy a olvidar. Infló el pecho, suspiró profundo, tragó saliva y desarmó una especie de sonrisa que asumía que de nada había servido toda la simpatía que a ella le había dedicado en ese instante que la vida le ofrecido.

Sacó unas pocas monedas de su bolsillo y encaró el resto de su día.

Culpa, sólo eso.

Tengo la rara sensación de que voy a escribir algo conflictivo, por la simple razón de que que está basado en un prejuicio. Con todo lo injusto que puede llegar a ser un pensamiento de esta índole, y con el riesgo que implica que vos, lector, me odies y me posiciones en un lugar que tal vez no merezca, pero es el riesgo que uno corre al darle vida a este tipo de pensamientos. Pensamientos que al compartir con amigos, con seguridad dispararía risas y miles de cosas, todas en el universo de la humorada. Pero también porque uno siempre sabe de que tipo de persona sale un comentario de esta dimensión, pero bueno, basta de justificaciones basadas en una culpa judeo-cristiana que lejos está de identificarme.

Creo.

Hoy por la mañana me dirigía a la agencia (trabajo en una agencia de publicidad) caminando por Avenida Lacroze. El fragmento que va desde Luis María Campos hasta Cabildo es muy bonito porque uno es acompañado y abrazado a la vez de unas copas de árboles muy tupidos, frondosos. Esas calles son como en subida hacia Cabildo, lo que me hace creer cuando las camino que estoy viviendo en un lugar diferente a Buenos Aires. Pero esas son ideas mías.

Días gris pero lindo y no muy caluroso. Una brisa bonita y poco invasiva.
La amenaza de una lluvia que, de precipitar, la imagino muy finita y apenas pasándose de garúa. Una sensación y un aroma de lluvia que la siento en el cuerpo mucho más de promesa que de amenaza. Yo levanto la mirada y mi cabeza un poco deseándola, otro poco buscándola.

Bajo apenas mi cuello y muevo mi mirada hacia el lado derecho de mis ojos y veo pasar al lado un hombre de unos 40 años con una camisa a rayas gruesas amarillas y rojas y otras rayas muy finitas grises intercaladas siempre entre esos dos colores. La camisa le llegaba muy por debajo de la línea de su cintura y era por lo menos tres talles más grandes de lo que le correspondería.

Un Jean de un color azul poco definido, no gastado sino poco definido, que se notaba estaba sujetado con un cinturón, porque le marcaba unas pinzas raras y largas. Un Jean también tres o cuatros tallas más grande.

Unas zapatillas con una plataforma tan alta que cualquier astronauta de la NASA envidiaría. Desproporcionadas. Feas. Coloridas pero en un tono gris que las cubría.

Su pelo estaba peinado para atrás, corto pero peinado para atrás. Creando una especie de casco capilar protector vaya uno a saber de qué...y si bien no estaba parados a lo punk se notaban erizados o frizzé.

Pero el detalle que hizo que me den ganas de escribir esta historia miserable y hablo de mí, no de este hombre, es que llevaba en su mano izquierda una bolsa de ZARA pequeña que sería de 30 X 50 y en su interior un paraguas cerradito con su respectivo forro.

Logré estirar mi cabeza para ver que más llevaba dentro y no había absolutamente nada. Nada de nada; sólo este paraguas prolijamente guardado.

Este ser humano no llevaba nada más consigo; ni un bolso, ni cartera, ni llavero colgando, ni mochila, nada. Solamente su bolsita de ZARA con el paraguas y una postura corporal de hombros caídos y joroba incipiente que me hizo pensar, y aquí me expongo a sus juicios, que tenía severos y irreversibles problemas sexuales.

Perdón.
Tres padrenuestros y cinco ave maría.

Fandiño; Back Central.

El pibe no tenía idea todo lo que había significado su movimiento. Cuando quiso acariciar el aire con su cuerpo, elevándose hacia un sol imaginario con su mano extendida hacia lo alto en conjunción con su cuerpo, no se dio cuenta que había originado la pena máxima.

Penal! se escuchó en el 90% del estadio. Éramos visitantes y cada centímetro del estadio sudaba esa sensación. Incluso para los pocos seguidores que hacíamos de la fidelidad un culto.

De nada sirve mantener un resultado 89 minutos. La crueldad tiene formas muy extrañas y los últimos minutos de un cotejo entre dos rivales no tan clásicos, es una de ellas.

¿Por qué no tan clásicos? Porque ellos eran el equipo más poderoso de una liga barrial que desconoce justicias; y nosotros, hacemos de la humildad un capítulo aparte. Por ejemplo, jugamos con camisetas de diferentes tonalidades, o sea mismo color, pero diferentes. Son todas verdes, pero de diferentes tonalidades. No se llegó con el presupuesto a que sean todas del mismo modelo y no importó demasiado, total ¿quién va a preocuparse por un equipo que nunca pasó de los últimos cinco puestos?

Habíamos elegido usar la camiseta de Ferro Carril Oeste, pero no eran todas oficiales o del mismo modelo. Incluso me atrevo a decir que algunas sólo parecían de Ferro. Pero la valentía del hambre, el orgullo lastimado y la ausencia de héroes, hizo de este compilado de hombres, algo muy parecido a una jauría de perros hambrientos. Ellos estaban todos iguales; camiseta, pantalón, números en la espalda de la casaca y en el pantaloncito. Envidia provocaban. Al verlos uno no podía evitar subestimar tamaña elegancia. Pero claro, ante tanto fútbol bonito, pared, taco, y goleadas, uno se redime. Y ellos eran gloriosos.

Penal! gritó el estadio y el pibe, el back central derecho se quería morir.

Cuando escuchó en el vestuario ante de comenzar el sexto partido del campeonato por boca del entrenador "Fandiño. Titular", se le erizaron los pelos y recordó la cantidad de partidos mirados desde el banco ante la espera de una lesión que le permita ocupar ese puesto que tan bien ocupaba Guraieb, el Turco Guraieb.

Porque es mentira que uno lamenta la lesión de un compañero de equipo. Sí, si es de otro puesto y uno es amigo, pero si no, no. Eso es para los diarios y acá no hay medios gráficos que cubran este partido, ni nunca los va a haber.

Guraieb era un 2 elegante, muy elegante. Saltaba y uno se distraía con la armonía de su espalda arqueándose para cabecear. Para un cuadrito.
Se puede decir que el Turco o "Cotur" casi no tenía defectos. Y digo casi porque su pedantería tampoco era algo que afectara a su juego. Sucede que tenía el agrande de aquél que se ganaba a la chica que quería, cuando quería y delante de sus amigos. Un premio que la vida da a pocos. Pero hablando de fútbol, del Turco incluso se escucharon comentarios de gente muy pegada al alambrado, de que cada vez que sus pies tocaban el piso luego de un salto, miraba a sus costados y preguntaba retóricamente ¿lindo no?, a la vez que guiñaba su ojo izquierdo.

También se lo ha escuchado gritar en el aire, ¡"gerónimooo"! como hacen los paracaidistas al tirarse en caída libre desde un avión de la segunda guerra, por la altura que ganaba en los corners o pelotas cruzadas.

Pero lo peor para aquellos que en esto del fútbol jugamos de hinchada, era que no nos dedicaba ni una mirada. Ni una sola. Nada. Como que jugaba para él. Ni siquiera cuando hacía un gol, y mirá que hizo varios por ser back central, nos miraba o los gritaba mirándonos. No señor, nada de nada. Apretaba el puño a la altura de su pecho, miraba para abajo y puteaba bajito para él, alentándose.

Y la verdad es que daba un poco de bronca. Uno pensaba: dale viejo miranos. No sé...besate la camiseta, corré hasta el corner y levantá la banderita, algo. Pero no, nada. Entonces claro, no había felling entre Guraieb y nosotros la hinchada.

Cuando se lesionó y entró el atorrante Fandiño, estábamos entre tristes y esperanzados de que la rompa y nos regale una idolatría que no teníamos y que todo back central debe emanar. Porque el dos es el que se banca los rivales más duros, el que cabecea, el que prepotea al 9, el más alto de cualquier equipo, el emblema bah. La figurita que todos queríamos pegar en el álbum luego del diez y el nueve. Pero nunca tuvimos un diez descollante, un Massaccesi por ejemplo el que jugaba en Independiente; ni tampoco un nueve, entonces toda nuestra idolatría se centraba en el Turco Guraieb. Pero éste ni se enteraba y nosotros ni se lo hacíamos notar. Nunca coreamos su nombre, ni lo alentábamos luego de una barrida. Jamás se escuchó un "Bieeeeeen turco bieeeen" y creo que eso en el fondo le molestaba.

Con el empate éramos campeones. Cam-pe-o-nes. Yo me sentía a minutos, segundos del mejor lunes de mi vida. Cuando Fandiño comenzó a elevarse, sentí una mezcla de alivio y esperanza, porque pocas cosas son tan temibles como una pelota llovida a minutos del final.

Cuando escuché el grito de los contrarios botoneando la mano de Fandiño, lo primero que pensé es en mentirle a mis oídos y decirles que no estaban escuchando bien. Pero era imposible.

La carrera del árbitro hacia el punto blanco y solitario del área, me hizo entender que el fútbol es como una mina, indescifrable. Estás por salir campeón y no. De un segundo para otro te quedás con nada. ¿Acaso no hemos sufrido por una chica que nos juraba amor eterno un martes, y al otro martes nos pedía un tiempo diciéndonos que nosotros no habíamos entendido sus señales?
Pero ¿de qué señales me hablás? ¿Qué somos indios?
Pero está claro que nunca va a ser así. Y está bien, que se yo.

Penal!

El cinco ubicó la pelota, le dedicó la espalda y comenzó a caminar hacia una distancia que desconoce exactitudes o reglas.

Se detuvo, giró y miró al arquero.

Fandiño estaba en cuclillas. No le interesaba el rebote, sólo convertirse en una ameba y dejar de existir ante los ojos de todos.

Lloraba. Eso llegué a verlo. Lloraba pero escondía sus lágrimas.

Había hecho las inferiores en el club de sus amores; Ferro Carril Oeste y de hecho él propuso usar esa casaca hermosa y esperanzadora y como no existe quien odie a Ferro, todos aceptaron. No llegó a primera porque era un atorrante, un atorrante romántico. Le gustaban mucho las minas y ellas gustaban mucho de él. Y eso no sólo es una combinación letal sino que a veces es una desventaja.

Era un romántico y los románticos se dedican a otra cosa. Dicen que ahora es un gran escritor que viaja por el mundo presentando sus fantasías bien escritas.

Otra leyenda cuenta que fue el back central más habilidoso de todo la historia del club del oeste. Que muchos entrenadores lo incitaban a jugar de ocho o de cinco por sus huevos, elegancia y ductilidad, pero a él le gustaba tener la cancha de frente, como a todo ser noble. Esa misma leyenda nació de un enfrentamiento entre el combinado verdolaga y la reserva de Argentinos Jrs. Dicen que Fandiño salió jugando del fondo, la tocó larga y fuerte al cinco que estaba parado a la altura de la media luna, la pelota pasó entre los delanteros que apretaban la salida. Fandiño en lugar de quedarse, fue a buscar la pared. el medio campista se la devolvió y éste al recibirla encaró al cinco de ellos, amagó ir a la izquierda con su torso, cuando el rival se movió, encaró por el otro lado. Continuó la carrera y encaró a otro volante que estaba parado, estratégicamente, delante de la última línea contraria. Fandiño a esta altura de su carrera estaba a 25 metros del arco. Encaró a este jugador escuchando los gritos del nueve que se la pedía desesperado. Enfrentó a este jugador y lo único que hizo fue pasarle por al lado como si un repelente lo cubriera entero, originando con esto que la barrida que estaba por arrastrar sus piernas fuera inerte.

De pronto se encontraba a medio metro del back central de ellos, bien de frente. Y aquí es donde nace la leyenda. Amagó para la izquierda, el dos ni se inmutó. Amagó para la derecha y tampoco. De pronto apoyó su pie diestro sobre la pelota, pisándola y el dos al ver esta provocación le fue de frente expresando cierta fragilidad con su movimiento. Dejó su postura que lo ponía casi de perfil a Fandiño. La típica posición corporal de quien sabe que el rival puede encarar para cualquiera de los costados, la postura que le permite girar rápidamente. Pero claro, el back central rival se molestó con la actitud de Fandiño y perdió la compostura y lo encaró de frente, Fandiño con la verdolaga en el pecho, acarició la pelota con su suela muy levemente hacia adelante y esta pasó por entre las piernas del contrario con la sedosidad de una pluma, desairándolo.

El aire se cortaba. Le salió el arquero que a esta altura era el último bastión de guerreros muy lastimados y enojados. Fandiño lo eludió como si nada, encaró el arco y a un metro del mismo, frenó y la tiró afuera hacia un costado, pero no sin querer. La tiró afuera queriendo.

La leyenda cuenta que cuando le preguntaron la causa, dijo que no hacía falta hacer sentir tamaña vergüenza al rival y menos en un amistoso.

Un romántico.
Un romántico que por algo se dedicó a otra cosa.

El cinco comenzó su carrera y Fandiño soñaba y deseaba despierto. Pero sus lágrimas eran de bronca. No sabía que instinto animal le había hecho tocar la pelota con la mano. Mientras, en la tribuna nuestra, el Turco Guraieb se levantaba de su platea y se retiraba antes de que el penal sea pateado.

Yo no quería mirar.

El cinco empezó su carrera hacia una pelota que desconocía su destino, que no tenía idea cual era su lugar en el mundo, en el arco.

Gol.

Y lo que no fue leyenda, es que Fandiño luego de este partido, se retiró y se dedicó a escribir fantasías. Convirtiendo eso en su profesión.

La hinchada siempre quedó dividida. Algunos recuerdan la mano en la final.

Otros como yo, lo recordamos noble, romántico. Fue nuestro único ídolo durante 25 fechas. El dos que sí se peleaba con el nueve, el que saltaba, el que gritaba los goles y miraba a la tribuna dedicándoselos.
El que saltaba con poca elegancia pero con la fuerza de un roble.

Nadie llevó la verdolaga con el escudo en el pecho como él.
Y las fantasías que provocaba en nuestros deseos futboleros, él, que siempre fue un romántico, prefirió llevarlas a un papel.

Y está bien.

Dos Valientes

Ella siempre se mostró en diferentes circunstancias, como un ser inteligente, plagado de personalidad. Algo que a los chicos atrae tanto como asusta, y si bien él tiene muchos defectos, es un valiente, de los muy valientes.

Una chica y un chico.
No debería haber misterio y no lo hay en cierto modo.

Él vio sus fotos luego de mucho tiempo queriendo saber como era y le pareció linda. Linda al punto de querer, desear descubrir que distancia había entre la imagen y realidad. Que tanto eso de linda se extendía a otros lugares memorables.

Se animó y la invitó a un bar, para que este cumpla la función ser testigo de palabras casi vírgenes entre ellos. Con intenciones de convertir a la ciudad como contenedora de una gran historia.
¿De amor? ¿Quién puede saber eso? Nadie y es una suerte que así sea.

Poco y nada conocen uno del otro.
No saben como habla el otro.
Que gesto es el que lo convierte en único
Como reacciona ante la broma.
Que tanto entiende sus latiguillos
Cuanto puede molestarle una manía, porque todos tenemos manías.
Que puede unirlos o dispararlos a puntos antípodas.

Nunca se vieron, sólo se leyeron y coincidieron que eso es tanto pero tanto tanto, que se animan a más sin saber cuanto más.

Él es valiente.
Ella como pocas.

¿Qué sería de la vida sin seres valientes?

Casimiro

Casimiro llegó a la clase como todos los días, pero sabiendo algo diferente a lo de todos los días. Hoy iba a contarle su sentir, su parecer, su palpitar a la chica del banquito de al lado. Él sabía que no era la más linda del mundo, sino la única y nadie puede entrometerse en eso. Los niños, en teoría dicen la verdad, por ende sienten de verdad.

¿La única por qué?

Porque no le molestaba que su mamá lo sacuda en la cama para ir al colegio, de hecho la esperaba despierto. Porque tomaba el café con leche con una sonrisa y todo lo que su hermano Leo le bromeaba, no le molestaba. Pero por sobre todas las cosas porque iba a verla a ella.

Llegó decidido a todo.

No sabía si contarle que lo elegían primero a él cuando se jugaba a la pelota o que nadie encontraba mejor sitio qué él para esconderse en una "Escondida" . También podía citarle que al correr, su flequillo volvía al mismo lugar siempre porque tenía el pelo muy lacio y él creía que eso era mágico.

Ese día había eludido como un pequeño zorrito que su madre le elija el pantalón y el remera. Es verdad que debajo de un guardapolvo eso no se nota mucho, pero Casimiro piensa diferente y hay que dejarlo.

Sonó el timbre. Primer recreo de la mañana.

La miraba, no podía dejar de mirarla. El poliládron (si, con acento en la "A"), raramente, no lo llenaba de satisfacción como antes. Y eso que lo intentó.

Terminó el recreo.

La egunda hora estaba llegando a su fin cuando la maestra le pidió que pase al frente y le preguntó si había estudiado.

Él contestó con total soltura con no.

La maestra lo retó como siempre y le dijo que no podía ser que nunca estudie. El cero tenía una dimensión tan desconocida como insignificante ese día.

Sonó el timbre que daba lugar al segundo recreo y se preguntó la razón por la cual el timbre nunca sonaba a su favor.

Ella salió corriendo, pero Casimiro pudo observar justo a tiempo la forma del pelo cuando acariciaba el viento. Nunca había vivido algo así.

También llegó a ver hacia que parte del patio del colegio se dirigía. Mientras continuó dilucidando que decirle; si sobre su pelo, lo de la pelota, no sabía no sabía.

Llegó a metros de ella y en vez de seguir acercándose la llamó por su nombre.

Ella se dio vuelta, lo miró y arrugó su cara no entendiendo porque Casimiro la estaba llamando.

El la miró a los ojos durante dos eternos segundos y escapó corriendo.
Casi todos los primeros amores son iguales.

Plaza Irlanda

Córner.
Discutido, pero en un punto cuando se juega en una plaza de barrio como La Irlanda las cosas se hablan menos que en un partido de verdad. En un estadio la figura de un árbitro provoca cosas que en una plaza nunca suceden. O sí, se va a las piñas directamente y listo.

Todo es diferente. Me atrevo a creer incluso que es otro deporte. El orsai no existe, si hay uno menos para algún equipo se juega igual. En una plaza el verde pasto es una ilusión, si llueve no se suspende, las líneas laterales, la de fondo e incluso las del arco se imaginan muchas veces: "donde está el árbol"; "hasta el banquito"; "cuando termina la tierra". Y todos respetan eso en lo que podría denominarse la primera comunicación importante entre equipos. Lo que en otra época era el intercambio de banderines.

Córner. Al fin y al cabo córner.
Discutido, gritado, insultado, "que no me pegó", "que me pegó", siempre hay alguno que miente o que sufre problemas de sensibilidad cutánea que no le permite notar el contacto del balompié.

Corner.
Existe una lógica que indica que los de baja estatura no van a cabecear y por eso quedé como último hombre en la mitad de cancha.

Mi juego siempre distó de ser desequilibrante, pero sí creo que hubiera sido un 5 o un 8 bueno, voluntarioso, de juego sencillo y eficaz, peleador y con muy pocas presencias en la selección. Me imagino en una lista sólo por una racha consecutiva de cuatro o cinco partidos buenos, no más.

La pelota sale disparada desde la esquina.

El 2 de ellos saltó alto, muy alto. Se elevó como esas ballenas que buscan aire desesperadamente hacia las alturas. Bueno, este muchacho no le va en zaga, tiene casi el mismo peso y hedor. Creo más bien que los delanteros huyen de él y por eso es efectivo. A su alrededor siempre hay una estela de ausencia. No se le acercan, no le gritan, no le discuten nada. La cuestión es que saltó como si fuera un senegalés en el Salto con Garrocha en Los Ángeles 84' y la despejó lejos. Justo hacia donde estaba yo. Justo hacia donde también estaba el 10 de ellos. Habilidoso, morfón, típico proyecto de crack que queda en eso, en proyecto.

Pero debo confesar que ese día me tuvo de hijo. Me pasó por izquierda, por derecha, en velocidad, me la pisaba y yo no tenía forma de sacársela. No siempre era así, pero la realidad es que cada vez que me encaraba yo especulaba con el destino, con la suerte o con un rayo que hiciera impacto en su cabeza, lo hiciera desaparecer con un humito y nadie lo notara.

Bajó la pelota con el empeine de su pie zurdo, la bajó suavemente acompañando el balanceo con todo el cuerpo y sus brazos. La elegancia con la que realizó el movimiento me distrajo unas milésimas de segundos tremendas e ineludibles. No pude evitar esa especie de redención ante lo bello, a la vez de susurrarme a mi mismo el comentario casi cantado: "Quee bieeen la bajó".

Me encaró enfurecido porque no era de los que huían. Yo inmediatamente sentí que era la oportunidad que el destino me regalaba, porque de pronto recaía en mí la responsabilidad de que el 1 a 0 a favor se mantenga.

Detrás mío sólo el arquero. Pero como todos sabemos, en los partidos de barrio los arqueros son circunstanciales. Encontrar uno que ataje toda la tarde es la definición más terrenal de un milagro.

Igual quisiera detenerme en un detalle que no puedo evitar contar y es hablar del 9 de ellos. Ay, ay, ay, mamita el 9 de ellos al que llamaban El Cheto. Estos muchachos, como nosotros, eran pibes de barrio, pero ellos provenían de una clase social más un poco más complicada, más humilde y por cierta lógica, el atrevimiento estético les provocaba un rechazo casi repulsivo.

El tema es que El Cheto tenía un mechón teñido de amarillo en su flequillo. Si, así como se lo imagina. Y claro, para todos, ese acto de indisciplina estética merecía ese mote que lo diferenciaría del resto para siempre.

Cada vez que jugábamos contra ellos me preguntaba porqué razón jugaría El Cheto en el equipo y la conclusión que saqué es que era por guapo. La fuerza que ejercía la palabra de ese muchacho para con sus compañeros era tremenda y con seguridad directamente proporcional al poder de su piña. Digo compañeros, porque siempre tuve la sensación de que ninguno se consideraba su amigo.

Gritaba y se paralizaban todos. La pedía y en general se la pasaban, gritaba a los cuatro vientos "corré, corré" al compañero que tenía más cerca, mientras el adversario pasaba a su lado. Pero nadie se quejaba eh, nadie nadie.

El Cheto era tal vez el peor jugador que mis ojos habían visto detrás de una pelota. El peor. Y jugaba de 9 por pretensioso y porque evitaba con eso correr, desnudar falencias, equivocarse con la errada percepción de que pifiar un gol no era tan grave como que no puedas evitarlo.

Es verdad que un centrodelantero tiene menos obligaciones en algunos aspectos, pero tiene la mayor de las responsabilidades y es el fabricante de una de las alegrías más hermosas que existen en la vida.
En fin. Continuo.
La cosa que el 10 me encaró con la pelota pegadita al pie, lo miré a los ojos y lo enfrenté con mi cuerpo de perfil, de costado a él. Esto para poder tener la habilidad de girar mi cuerpo, por si elegía ir por mi lateral menos habilidoso.

En el instante preciso en el que bajó artísticamente la pelota, El Cheto comenzó a pedirla:
- "Picooo"

El 10 no lo escuchó, me enfrentó, movió su cadera como una bailarina hacia un costado, hacia el otro.
Yo quieto, impávido.

La pisó.
- "Estooooyy" se escuchaba de fondo.

Le amagué, se quedó quieto y cuando quise mirarlo nuevamente a los ojos, perdí el instante más valioso de mi vida. Me esquivó y su movimiento felino me recordó a un gato y más que nada porque los movimientos felinos en general remiten a gatos.

- "Tocalaaa!!" casi desesperado.

Al eludirme, su carrera hacia nuestro arco lo abrió, dirigiéndolo apenas un poco hacia el costado izquierdo de la cancha.

Inmediatamente después que me pasó por al lado cual poste, ya tenía a nuestro arquero encima.
- "Tocalaaaaaaa, tocalaaaaaaa", reclamaba el otro.

El diez levantó la cabeza para saber donde estaba ubicado en relación al arco. Al Cheto le dedicó una indiferencia muy parecida a las que nos dedicaba la chica linda de la cuadra ante nuestros ojos impávidos y hambrientos de obtener por lo menos un pestañeo. Pero no, nos terminaba dedicando su mejor y más cruel indiferencia. Algo así dedicó el 10 a su no tan temido "Cheto".

Yo en el piso era un espectador de lujo ante tamaña desgracia deportiva que nos esperaba. El arquero corrió hacia él para achicarle la visión y se agazapó. El 10 con mucha calma lo eludió abriéndose aun más.

-"Daleeee, tocalaaaa"!!!

Era el gol de su vida y el que le permitiría callar por mucho tiempo al Cheto. La consagración misma.

Hacía cinco viernes, porque jugábamos todos los viernes, que ni siquiera nos empataban.

El arquero movía sus brazos desde el piso como una persona en medio del Mar Negro sin saber nadar, con la esperanza infantil de lograr algo con ellos.

Yo que comenzaba a levantarme todo embarrado pero sin dejar de ver la escena como en cámara lenta y claro, en ese instante, uno se pone a pensar en la cantidad de goles errados, las sonrisas de los compañeros posterior al gol, la tristeza de los contrarios, también en el maldito córner...

- "Soooloooo tocalaa"!

El 10 que había levantado la cabeza ve al Cheto y lo escucha recién ahí. Observa que éste está muy cerca del palo más alejado, se notaba que hacía un cálculo mental y debió pensar si se la pasa o no al Cheto que a esa altura de la escena estaba muy solo y con muchas posibilidades de no pifiar el gol ante un hipotético pase suyo.

El 10 debía pensar todo esto en una milésima de segundo.

Y decidió.

Respiró profundo, notó que estaba abierto sobre la izquierda de la cancha y sintió aquella seguridad que solamente los zurdos sienten sobre ese costado. Aunque estaba casi pegado a la línea lateral, no importaba. Si bien estaba a casi cinco metros de la línea de fondo nada le hacía suponer perder la gloria eterna.

La pelota toca una piedrita, se eleva caprichosa y es acariciada por el costado interno de una zapatilla zurda que nunca antes había estado en el umbral de la inmortalidad. Porque esos recuerdos duran toda la vida. Con internet, sin internet, televisado no televisado, con o sin El Gráfico. Porque la tapa del lunes para los que jugamos en una plaza, son nuestros amigos que nunca nos permiten olvidar esos momentos.

La pelota se deslizó hacia el arco, mis manos fueron hacia mi cabeza como evitando que cayera del cuerpo, sosteniéndola. El arquero insultó para si mismo en voz muy baja pero llegué a escucharlo. El Cheto abrió los brazos como Cani pidiéndosela al Diego. Lo vi y lamenté haber originado en mi cabeza un paralelismo entre este ser humano y el "Hijo del Viento".

El balón estaba llegando al arco, en el instante preciso en el que iba a cruzar la línea que divide la tristeza de la alegría, tocó otra piedrita, pegó en el buzo que hacía de palo y fue tan pero tan despacito, que se quedó apoyada en el buzo/palo como descansando.

De pronto se escucó un grito de El Cheto.
Gritó algo que supuse haber oído mal, pero no.
Sentí que la desazón y el reproche ante un gol pifiado, ante un pase no dado, ante una clara muestra de egoísmo típica de aquel que se sabe habilidoso, nunca había tenido tan precisa definición.

Vi que El Cheto miró hacia el cielo, sacudió repetidamente sus brazos que todavía estaban abiertos con la clara intención de que no hubiera dudas en su mensaje y gritó:

-"!¿ Qué tene'....tortícoli en lo' pieh?!"

Todos los demás nos quedamos discutiendo si era gol o no.

La lluvia y los techos

El techo sin quererlo, provoca la banda de sonido de este momento. No su superficie, sino la recepción casi melancólica de las gotas que caen del cielo invadiendo el viento, el aire y precipitando contra todo lo que pueden. Y está claro que un techo no es menos ante estas bellezas ineludibles.

Nadie puede contra ellas. Se proponen acariciarte y lo logran con una prestancia, presencia e irreverencia tan femenina que enamora. Féminas, indescifrables, hermosas. Aparentan ser todas iguales y muy lejos están de serlo.

Golpean la piel inventando sensaciones. Nadie ama evitar su caricias.

Cuando llueve me molesta ver a la gente protegiéndose de ellas. ¿De dónde salió ese invento tonto de creer que la vida es irreversible si uno se moja? ¿Cómo pudo convertirse en un conflicto?

Sin embargo, y detesto esta frase pero hoy es inevitable, la progresión de notas que provocaban las gotas en su romance con el techo de mi casa, hoy me hizo sentir que extraño muchas cosas.

Me entrego. Voy a esperar que sea de noche.
Al fin y al cabo todos los días finalizan o se convierten en otro.

Como uno.

Un Montón

Las personas que no se conocen no hablan entre si. Las personas que no se conocen no comparten más que fantasías. Y eso es a veces, sólo a veces. 
Que empiezan, se desarrollan, se anudan y desatan solas.

Ella, una total desconocida, llegó a un bar plagado de personas que hablaban de nada.

Para ella el motivo de festejar el cumpleaños de alguien, le pasaba bastante por el costado. Pero fue igual y al llegar tomó lugar en el mismo asiento de su, tal vez única verdadera amiga, compartiéndolo, dividiendo la superficie en dos, pero de tímida nomás.

Él, un total desconocido para ella, sintió al verla una especie de rareza que no llegaba a dilucidar. Algo que sólo sucede en lugares del cuerpo y la cabeza que desconocen de intelectualidad o lógica, convirtiendo ese sentir en inigualable.

Las conversaciones de ese lado de la mesa no estaban tan mal, pero él sintió cierta necesidad de saber quien estaba detrás de esa sonrisa que portaba una chica de las lindas.

Se dejó llevar sin ponerse ningún tipo de presión sobre el asunto, no quería más que saber de ella. Pero los hombres sabemos lo difícil que es no presionarse y que ellas ni siquiera lo noten.

Es bueno aclarar que en este tipo de festejos, los que no están en pareja se la pasan cotejando o tratando de ser la versión más brillante de ellos mismos para todos.

Los que están en pareja también.

Él no estaba buscando temas para arrancarle sonrisas, aunque suele intentarlo cuando una chica le parece linda. Y en tiempos en donde la gente no acepta que una chica linda puede serlo sólo por sonreír, no habría que subestimar el poder de una sonrisa.

Siento que puede ser mucho más poderosa que la carcajada, porque a diferencia, esa maravillosa expresión de alegría roba desde la sutileza, desde la inteligencia. No suele partir de la humorada sino de la visión entre líneas de un hecho o palabra.

Ella le parecía radiante, brillante, linda y se preguntaba si estaba mal pensar eso. Si bien estaba de novio, se le originaban ciertas cosas raras que no podía negar, pero de eso también se trata el asunto; de justificar y preguntarse si uno debe estar de novio, si se está bien, contento, satisfecho, feliz, agobiado, aburrido, inquieto, ansioso, mintiéndose o simplemente disfrutando de una chica linda y listo.

Cotejar una chica de las lindas es muy bonito, pero es mucho más lindo cuando uno cae en la cuenta de que es sin querer.

Todo comenzó con la descripción de cómo se cocinaban unas papas bravas. Que es una tapa ibérica a base de papas y una salsa picante riquísima. Él se tomó el trabajo contar cada detalle como si fuera el encuentro casi imposible entre dos seres amados que terminan encontrándose. Y ella lo escuchaba como si de ella dependiera que se encuentren.

Al momento de finalizar el relato ella tenía su boca abierta levemente, sus ojos un poco entreabiertos y con el gesto suspendido en el aire, como disfrutando el plato en ese instante preciso.

Él lo notó y en vez de desnudarla, se quedó suspendido mirándola. Algo que ninguno de los presentes que los rodeaban pudo evitar notar.

Ella de pronto abrió un poco más sus ojos y se dio cuenta que estaba disfrutando ese plato sin haberlo comido nunca. Un poco mérito de él que relataba. Otro poco, mérito de su imaginación que le permitía trasladarse a una situación que poco tenía de mágica, pero si mucho de deseo.

Y eso es un montón.

Al sentir esto, sonrieron de un modo casi fílmico y notaron que esa situación así como estaba, despojada de pretensiones, liviana de conquista, había sido muy bonita porque estuvo plagada de sonrisas.

Y ambos cayeron en la cuenta en ese instante preciso, que no debían subestimar las sonrisas. Y casi que siguieron sonriendo, pero desde otro lugar.

Luego de este relato él se levantó y decidió retirarse.
A dormir a una cama deseada.
En la casa deseada.
Con la mujer deseada.
Que era la misma que sentía amar con toda su alma.
La misma con la que no se reía tanto como deseaba.

Y eso también es un montón.

La mayor de las valentías

¿Se puede reflexionar ante lo inevitable?
Tal vez el bienestar se logra a partir de la calma, la mesura y sensaciones corporales emparentadas con creer que uno puede detener el tiempo.

¿Se puede ser calmo ante la desgracia?
Tal vez el misterio se revela ante la recepción del cuerpo con hombros caídos más allá de la línea de la buena postura y la cabeza balanceándose sólo tres veces hacia los costados, respirando profundo, exhalando con un poquito de dolor, dejándose invadir el cuerpo por cierto calor y explotar en soledad. Nada más.

¿Se puede reflexionar y ser calmo ante el amor?
Seguramente la ansiedad y la desesperación no sean buenas consejeras, pero ¿qué hacer ante el amor? ¿Cómo dominar el cuerpo, los ojos, las fantasías, el principio, el desarrollo y el “nunca final” de la historia?

Suelo creer que si el amor no es desesperado no vale, no sirve, no es amor, es apenas un amorío. Si no hay ansiedad, no hay sensación de pérdida. Si no hay sensación de pérdida ¿Qué otra cosa nos hace reaccionar?

Las revoluciones son reacción ante la opresión y si el pecho no está oprimido y lleno de adrenalina no es amor. Y me permito creer que esa es la verdadera revolución.

Y no me importa lo que opinen los demás. Aunque suene al típico autoritario y absolutista contra el que se reacciona. Si hay acción y hay reacción, hay explosión; si hay explosión el corazón se hincha, late, rebota contra el cuerpo a una velocidad incontenible y la sangre corre a borbotones (me encanta decir, escribir y repetir la palabra borbotones).

Y acá la reflexión nada tiene que ver con el amor cuando está naciendo en el pecho. Llevando altas temperaturas a lugares que hasta ese momento desconocíamos.

La calma nada tiene que hacer ante al amor explotando en las venas.

La desesperación es mucho más romántica que la ansiedad. Moviliza a pensar, actuar, nos aúlla que el momento es ahora, que las cosas deben dejar de ser místicas para convertirse en reales. En definitiva nos dice al oído en un tono lejano al susurro que lo mejor que puede pasarnos, es que le demos vida a eso que nos desespera.

Y con los olores ¿qué hacemos? Feromonas, feromonas, feromonas!
Me cuesta entender el amor sin transpiración, sin saliva torrentosa, sin memoria de amaneceres con caras descansadas, de ojos entreabiertos y aromas, que sólo una cama devuelve.

A la vez me permito creer que la revolución tiene millones de gritos desesperados que dejan salir esa música que nos grita en el oído a volumen demencial, que no hay mayor adrenalina que la de no saber como decirle a una chica que nos gusta, que nos gusta.

La Velocidad de la Bici

Me gusta la velocidad que toma el subte a los cuatro segundos de haber arrancado. Y siento que es la misma que tiene la bicicleta cuando voy a “velocidad paseo”. Esa que tienen mis mejores recuerdos en la cabeza.


A los diez la chica más linda de la cuadra pasó por mis ojos estando yo arriba de mi bici y a esa misma velocidad. Otra cosa maravillosa son las charlas entre amigos andando en bici. Andar y no pensar en nada.


También suelo creer que el olor a pelo quemado es el mismo que siento en el dentista. Yo tampoco entiendo la relación, pero es real que un día lo pensé en voz alta y mi amigo Yago me confesó que para él también coincidían esos olores. La alegría que sentí en el cuerpo la recuerdo tanto, que la pongo en el grupo de las inolvidables. Y digo “inolvidables” no sólo porque lo es, sino porque me rehúso a hablar de pequeñas o grandes alegrías. Todas las alegrías son grandes, ¿qué eso de “pequeña alegría”? Una locura.


Me gustan las diversas formas en las que se despiden las parejas cuando uno de los dos está esperando el bus. A veces ellos se retiran del lugar apenas ellas suben sin siquiera dedicar una mirada hacia el interior. Ellas voltean su cabeza y encuentran ausencia. ¿Cómo lo tomarán?, ¿esas cosas se piden? Me cuesta imaginar un planteo de esa índole, del tipo: “che, mirame cuando subo al colectivo” o “no te importa nada que me vaya”. No sé, no sé…es raro pero tampoco imagino la respuesta. Supongo que por desconocer las causas.


Otras veces, no. Ellos se quedan desde abajo mirando o más bien buscando entre lo nebuloso que se ve el interior desde afuera y ellas ni siquiera se fijan. Es sabido que un hombre no debe cuestionar o preguntar esas cosas. O transformarlo en un planteo como expresé antes. Debe aguantarlas tragárselas y todo por esa estupidez de la dignidad o la hombría. Claramente aquel que osa transgredir ese tópico se convierte en un tonto ante la mirada tremendamente cruel y silenciosa de la mujer. Y está bien que así sea. No nos queda otra.


Amo el olor del café mucho más que el café mismo. De hecho siento una cosa muy cercana a la desilusión al tomarlo. Me pasa lo mismo con la “Paso de los Toros” que es dulce al ingresar a la boca y amarga cuando comienza a cruzarla. Hay una especie de traición ahí ¿o no?


No sé nadar ni manejar y no me da vergüenza decirlo ¿está mal?

No sé bailar, o mejor dicho no me animo.


Elijo mis zapatillas según la mirada cenital. Puede gustarme desde la vidriera, pero debo amarlas cuando las miro desde arriba y puestas.

Paso de creerlas increíbles a horrorosas con la misma facilidad con la que grito un gol. De todos modos siento obligación de decir que no miro fútbol hace unos tres años porque descubrí que me aburre. Al principio quería ver los resúmenes o sólo los goles, pero luego ni siquiera eso. Supe jugarlo, ya no. Pero es verdad que los goles se gritan fácilmente.


Canto arriba de los discos y siempre me creo que podría remplazar a la voz, sea la banda que sea e incluso si es un chica la que lo hace.


Hace un tiempo me di cuenta que me levantó de muy buen humor y se lo debo a mi hermano, que cuando vivíamos bajo el mismo techo, apenas me veía me preguntaba ¿qué hacés tontín? y me robaba una sonrisa. Y parece que me quedó para siempre.


No entiendo porque la gente es fanática de Star Wars y tampoco me da vergüenza decirlo. Pero a pesar de eso, si puedo contar que mi gran amigo García un día me puso delante de una vidriera con un Chubaka (me encanta escribirlo así) tamaño natural y me dijo que se moría por comprárselo pero que necesitaba la aprobación espiritual de alguien como yo. Esto porque quería hacerlo suyo a pesar de no tener trabajo y con ciertas reservas de su novia que tampoco tenía trabajo y estaban aguantando con la plata que les quedaba de una indemnización. También compartió si ningún tipo de temor o tino que él sentía que ese era el mejor juguete del mundo, de la historia. Y a la vez sentiría que tanto su casa como él, estarían de aquí en más, protegidos como nunca antes.


Cuando le dije que debía comprarlo sin dudarlo, no sólo sentí que estaba diciéndole lo correcto, sino que me estaba dando cuenta que ese ser humano increíble por suerte estaba en mi vida; que con su conflicto me estaba demostrando que para ciertas cosas yo no estaba solo en la vida. Porque no estaba sintiendo pudor por contarme esto. Qué no temía, ni habría que temer compartir esas locuras maravillosas. Me hizo sentir bien por creer no estoy tan mal por acomodar mis discos en orden alfabético. Y tengo muchos eh.


Es bueno decir para contextuar que no teníamos 20 años, teníamos por lo menos un lustro más. Siendo generosos.


Amo sacarle la cáscara la cebolla. No me importa decir que busco excusas para cocinarla y que siento que su dulzura es única y femenina.


Es raro pero me siento como el líquido que deja escapar el termómetro cuando cae y choca contra el píso, pero prefiero pensar o recordar este tipo de cosas de mí.


Y no le hago mal a nadie.

Constelación

Ella eligió el asiento que más le gusta, el que está delante de todos.
Se iban a Mar del Sur y se propuso enfrentar con imágenes el viaje para poder ver a los costados, poder ver hacia delante.
Con sólo un vidrio separándolos del paisaje.

12.30 de la noche y llevaban dos horas de viaje plagado de conversaciones, sueños y proyecciones de los próximos días. Todo eso que hace diferente e inolvidable viajar con el amor.

Cuando estaban apunto de dormirse él pensó en vos alta:

¿Qué tanto puede suceder cuando los planetas dejan de chocar y de originar constelaciones hermosas?
¿Qué tanto puede esperarse?

Ella lo miró descubriendo una sonrisa tímida muy tímida.
El continuó:

A veces me pregunto si algunas historias no son como la vida de las estrellas.

Su cuello apenas se estiró hacia delante y comenzó a mirar cada una de las estrellas que asomaban en un cielo que sólo se disfruta viajando o lejos de la ciudad y siguió:

Uno levanta la cara y observa una luz increíble pero muchas veces esa luz ya no existe, como una inercia porque ya no existe ¿entendés?

La miró directo a los ojos por primera vez desde que comenzó su teoría de las estrellas, movió su mirada hacia el costado señalándole el exterior a la vez que expresó:

Esa estrella ya no es estrella.
Esa luz ya no es luz y uno la observa con una calma de las bonitas, pero sin saber que debería más bien lamentar su ausencia.

Se quedó en silencio unos minutos y ella quieta por miedo a interrumpir algo.

Luego de unos instantes volvió a la carga:

A veces el amor es algo así ¿no? Vivir algo que ya no existe y que persiste a través de una luz que ya no está. Entonces lo único que uno hace es observar el pasado, disfrutarlo y depositarlo en un presente sin vida.

Ella ya no estaba disfrutando mucho lo que él expresaba. No entendía de donde partía ese pensar y la asustaba un poco.

De pronto bajó la voz porque descubrió que el bus entero dormía, le acercó la boca al oído y le susurró:

Sé que el amor puede ser como una estrella que brilla, que tiene luz propia pero que muchas veces con eso no alcanza.

La miró por segunda vez y le prometió hacer lo imposible para mantener luz propia para disfrutar todos los días. También le contó que iba a dedicarle lo mejor de él todos los días.

No pudo cumplir ninguna de las dos cosas.

Ella tampoco supo pedírselo.


Deleite

Tomo el tenedor con su mano derecha y espero un instante pequeño a que se enfríe. Lo llevó despacio a su boca, lo acercó y cuando estaba punto de besar con sus labios notó que la temperatura podía llegar a quemar su delgada piel.


Alejó esa mezcla de colores increíbles que se dan cuando se mezcla zanahoria con miel y berenjenas.


Observó el tenedor como advirtiéndole, juntando sus ojos y frunciendo el ceño. Arrugó su boca llevándola hacia delante, besando el aire y dejando salir la pequeña brisa que al chocar, enfría. Repitió el movimiento con cierto temor, pero confiando que la cercanía paulatina que acontecía le advertiría un dolor, por más leve que sea.


Abrió su boca y llevó a su interior esa pequeña puja de sabores que se dejaba envolver. Se le contraía la boca, se le tensaba la mandíbula y cerraba los ojos de forma desesperada. Sus sentidos no podían creer lo que su cuerpo estaba recibiendo y quiso que nunca se acabe esa marea de gustos.


Elevó la mirada y observó que ella le estaba dedicando una sonrisa casi tímida. Sus ojos acompañaban cada movimiento del cuerpo y el tenedor de ella había quedado suspendido en el aire.


Se levantó, lo tomó con sus brazos y lo rodeó con ellos, lo apretó contra su pecho y le contó que lo amaba.

A veces si

La miró atravesando todo el lugar con sus ojos, sólo con sus ojos. No suele estar atento a ese tipo de situaciones. Un chico en realidad está atento a otras cosas: señales, miradas, gestos. Pero no, él no.

La vio entrar y la señal fue que su pecho se aceleró, le gritaba que quería explotar, salir de ahí y salpicar a todos con lo que el corazón escupa.
Por un momento se paralizó su alma porque no pasa todos los días, pero se entregó manso a lo que el cuerpo estaba diciendo y dejó que su cabeza se calme.

Su mirada se detuvo sólo a fin de ubicarse en el tiempo porque había perdido el foco y no quería que eso suceda. Las manos le transpiraban y sentía que no iba poder dominar la situación.

¿Qué tan grave puede ser?, se preguntaba. Pero claro, estaba delante de la situación que define la vida y obra de un hombre que es hablarle o no a una chica. Y ni hablar si se siente eso en el pecho. Es la más tremenda de las batallas.

He conocido hombres que prefieren ver un partido de fútbol e incluso decir cosas del tipo: “no me gusta tanto” “…pasa que le fueron a hablar todos y nada…” “Esas minas tienen novio”

Uno se pone a buscar tantas excusas para esconder la cobardía que podría dar cátedra.

Se decidió y separó su espalda de la pared que acariciaba. Tomó con fuerzas el vaso que contenía su mano derecha porque sabe que ir con las manos vacías es obligarse a no saber que hacer con ellas.

Respiró profundo y comenzó a caminar hacia ella, pero sin mirarla. Como haciendo de cuenta que estaba pasando por allí casualmente.


Es raro pasar por allí casualmente, pero no se lo digamos a nadie.



La nuez de adán se infló a centímetros de ella, acarició los labios con su lengua por puro nervio que lo invadía.


A dos metros de llegar, un hombre se interpuso en el camino y comenzó a hablarle.

Se le paró el corazón ante la sonrisa de ella. Frenó su andar y cuando estaba por volver a su sitio vio como con una sonrisa, pero diferente a la primera de todas, le contestaba algo. Luego de esto el chico se retiraba.

Volvió a tomar valor y se acercó. Cuando estaba a centímetros de ella, observó como lo miró con cierto desdén. Suponiendo lo que estaba por pasar, pero no sabiendo como estaba por pasar.

El chico se acercó y le preguntó al oído si había visto la película “Frankie and Johnny” y eligió hacerlo al oído sólo para que no vea lo sonrojado que estaba.

Ella alejó apenas un poco el oído de sus labios sólo para ver con cierta claridad que cara tenía la boca que le preguntaba eso.

Ella con un temor muy dulce y tentador contestó la verdad; que no.

El pasó relatarle que había una escena en la que él estaba retirándose de la casa de ella luego de ser rechazado en su pedido de intentar una vida de amor juntos, y que cuando estaba atravesando la puerta de casa, ella abre la puerta del baño y desde su interior le pide que se quede. Pero lo hace vistiendo una bata, cepillándose los dientes, con la cara lavada, sin una pizca de pintura y absolutamente despeinada. Pero se veía hermosa, hermosa como ninguna otra mujer en el planeta.

Ella lo miró sorprendida y puso un gesto de curiosidad digno de ser tallado. Y que él no va a olvidar jamás.

Sus ojos habían vuelto a ser testigos de algo increíble y su pecho no paraba de gritar.

Ella arqueó sus cejas y su boca hacia abajo. Parecía estar pidiendo por favor saber que seguía.

Él posó su mano derecha levemente en el hombro derecho de ella. La miró por primera vez a los ojos y con una calma que invadía cada centímetro de su cuerpo le dijo:

Vos sos la única en este lugar a la que imagino en bata, cepillándose los dientes, sin una pizca de pintura, despeinada y hermosa como ninguna otra.

Ella lo miró.
Él le mantuvo la mirada.
Ella se mordió el labio inferior nerviosa.
Él le soltó el hombro y se fue con el corazón salpicando todo el pecho. Llegó al extremo opuesto del bar y se dedicó a mirarla.

Dejó que todos los hombres del lugar le hablen, sintiendo una especie rara de seguridad que le indicaba que nadie podía contra él.


Las historias de amor a veces comienzan así.
A veces no.

amar

amar es
andar más en bici
esperarnos con algo rico
extrañarnos
creer que dura sólo ese mismo día
y que querramos que vuelva a empezar

amar es ser cauteloso ante la desesperación
es quererse para amar mejor

es sacarse las cositas de los ojos a la mañana
y besarse la nuca

es desear y desear y desear

es oler el paraíso

A Esto de la Tristeza

Sus cincuenta años le pesan. Está absolutamente entregada a un asiento de subte. Esos que provocan una especie de pasarela para los que no se sientan. Esos que tienen el respaldo sobre las ventanas. Ella desparramaba su humanidad entera y parecía disfrutarlo como un descanso celestial. Su torso ancho y sus pechos gritaban que habían tenido una vida mejor. Supieron ser acariciados con dulzura por alguien que supo amarla.

Todos hemos sido amados, incluso ella. Todos, todos, todos. Claro que luego entran en juego otras cosas, otros destinos, pero nadie estuvo exento de ser amado. Digo exento y suena a obligatorio, pero ¿por qué no? Para alguien en algún momento fuimos celestiales, amorosos, hermosas, lindas, no tan bajos, no tan altas, entrañables.

Muchos tal vez no se enteran nunca y son protagonistas de una vida no vivida más que en el deseo. De tardes caminadas de la mano, visitando amigos, olvidando el aniversario, en fin…deseos, momentos sólo imaginados.

Ella viste un suéter marrón raído, con dos tiritas de color azul que bordeaban y adornaban el cuello redondeado, llamado “mao”. Seguro conoció tiempos mejores y fue muy bonito, muy lindo en una tarde de compras por la avenida. O tal vez el único que cubría su necesidad de abrigo. ¿Quién sabe? ¿A quién le importa? Su Pollera larga marrón toma distancia de la moda, solamente la vestía. No había otra pretensión, evidentemente nunca la hubo y estaba muy lejos de combinar con el suéter. En el piso apoyadas unas bolsas de supermercado desbordantes que invadían el límite nunca visto por nadie, pero conocido por todos, entre los asientos. Ese espacio que corresponde a cada asiento delimitado sólo por nuestros ojos, nada más. Un lugar implícito que cuando es invadido logra hostilidad en el mirar del invadido. Como si fuese importante.

Sus ojos marrones muy cansados.
A esto de la tristeza.
A nada.

Yo estaba sentado en el asiento de enfrente. Hago foco y observo que está hablando relatando algo no se a quien. Tenía la mirada absorta hacia el frente y hablaba, hablaba y hablaba. El sonido del subte no me permitía escuchar el contenido. De pronto abro mi campo visual y observo que tiene una persona a cada lado. Del derecho una mujer muy diferente, muy moderna, muy otra mujer. De su lado izquierdo un hombre de características similares a ella. Casi obeso que vestía una polera de lana sin colores definidos. Casi verde, casi azul y un pantalón sin ganas. La parte trasera de su bocamanga es pisada por el talón de su calzado marrón, sin brillo. Acordonado, pero con sogas de un marrón muy diferentes entre sí.

Lleva un gorro de lana que le disfraza su falta de pelo. Su cara está invadida de pelos. Una barba descuidada y blanca. Su nariz ancha con pequeños pelos asomando, pidiendo permiso.

De pronto lleva ambas manos a la cara y la cubre dejando un espacio muy angosto entre ellas, por donde llega a asomar muy apenas el centro justo de su boca y resopla.

Se queda así durante diez segundos, doce. Comienza a deslizar hacia abajo las manos, arrastrándolas muy despacio, a una velocidad que me permite ver como se acomodan sus facciones luego de estar solapadas, cubiertas. Llegan a la altura debajo sus ojeras y se detienen. Realiza dos movimientos muy breves con la cabeza de derecha a izquierda, de derecha a izquierda, rebotando despacito. Se frena y retoma el deslizar de sus manos hacia abajo. Cuando invaden el cuello, las baja abruptamente y las apoya en las rodillas. La mano derecha en la rodilla derecha. La izquierda en la izquierda. Se muerde el costado izquierdo del labio inferior. Levanta las cejas formando una especie de “techo de tejas dos aguas”.

Pero lo más inquietante era su mirada. Sus ojos estaban clavados en la nada. Una nada que se palpaba delante de sus ojos. Que lo consumía y no lo dejaba ir a ningún otro lugar. Una nada que parecía estar preguntándole en ese preciso momento millones de cosas.

Mirada que le indicaba que algo había dejado de funcionar en algún momento de su vida. Pero todo era nebuloso. Pensaba y no lograba captar el instante preciso en el que se apagó todo. Esa mirada estaba envuelta en una nada de dimensiones tremendas.

Se levantaba temprano. Trabajaba para una cara que desconocía, sin saber hasta cuando, pero sabiendo que por muchos años más. Eso claro, de no mediar un error grosero de su parte.

Estaba transpirado y no le importaba. Olía mal y no le importaba. Quería llegar, ver algo en la tele, otra cosa no le importaba. Tragó saliva. Llevó el dedo índice al borde izquierdo de la comisura del labio inferior y lo arrastró hasta el borde derecho llevando consigo saliva que despachó contra el piso del vagón de subte. Clavó la mirada en esa saliva que al impactar con el suelo formó una aureola que humedeció la superficie.

Una nada lo absorbía y vestía sus gestos de una melancolía sórdida. Una nada que en ese instante parecía preguntarle a gritos ¿Cuánto falta para todo? ¿Cuándo termina la tristeza?

En eso parpadea. Vuelve a la realidad con un suspiro muy pesado y lento. Infla levemente sus mejillas. Asiente muy apenas. Mira a la mujer que tiene a su derecha, la mujer de las bolsas. Le dedica una mirada corta, le sonríe y vuelve a mirar hacia delante.

No parecía muy molesto con las bolsas del piso que invadían su territorio
La mujer continuó su relato.

Fiesta de Otros

El llegó a la casa con la esperanza de sobrevivir a la situación sin sobresaltos, y en algún momento decirle en voz baja, cuando nadie lo note, cuanto la amaba y ya.

Llegó con sus manos transpiradas, acarició el timbre tembloroso deseando que lo escuchen y que inmediatamente olviden que había sonado.

Cuando ella salío a su búsqueda desde el fondo, cada segundo hacia él parecía suceder bajo el agua. Con esa cadencia, con esa lentitud romántica que sólo las profundidades regalan.

Se besaron y nadie se enteró, solamente ellos.

Atrvesaron un largo jardín y ya dentro de la casa llegaron a una fiesta que era de ella.

No por ella, sino de una multitud que la conoce sólo ella y poco muy poco a él.


La crueldad de una reunión repleta de conocidos desconocidos no tiene límites. Miradas desprejuiciadas, solemnes, sin profundidad y silencios mucho silencios.
O lo que es peor, comentarios que nunca salen a la luz o por lo menos a la luz de uno.


Conversaciones ajenas.
Sonrisas muy lejanas.
Amigos que no son amigos.
Música que nadie baila ni escucha.

Ella está radiante, y él que no puede arrojarla al piso, arrancarle la ropa con la boca, humedecerle el cuerpo con los labios, invadir su cuerpo con los dedos y olerla, mirarla, decirle al oído que la ama y que nadie en el mundo debería ignorarlo.

Ella se acerca, lo mira y le pregunta que quiere tomar. El hace un esfuerzo sobrehumano para no decirle "tu saliva". Opta por pedir algo que observa cercano más que nada para que no se aleje tanto.

La noche transcurre y los cuerpos de los otros comienzan a abandonar la casa, la fiesta.

Quedan solos y se dan cuenta que los besos dedicados durante la reunión fueron con timidez.

Luego de acomodar un poco, de forma casi mentirosa, se toman de la mano y suben a la habitación.

Él no puede evitar disfrutar sus movimientos cansinos y muy dulces dedicados a quitar la ropa de su cuerpo.

Primero sus zapatos sentada al borde de una cama ansiosa.
Primero el izquierdo luego el derecho.

Resopla apenas y va botón por botón de una camisa tan justa como bella.
Comienza desde abajo. Cuando está por llegar a los dos últimos, se distrae y comienza a bajar el cierre trasero de una pollera que a él le provocaba celos al ser testigo constante de unos muslos tan suaves como inalcanzables.

Arroja la pollera al rincón más alejado al que sus largos brazos pueden llegar.

Se recuesta y en esa posición finaliza la tarea de desprenderse los últimos dos botones de la camisa. También la arroja.

Su ropa interior la abandona a manos de él.

Se acuestan, se abrazan, mirada con mirada.

Ella de pronto como en cámara lenta, abre la boca dibujando en el aire con sus labios y dice "¿me contás algo lindo?"

Inmediatamente él descubre que
nunca fue tan bello un "Te amo".

Aquella

La mirada más complicada.
La más amarga de todas.

Aquella que puede dedicarse durante minutos a una pared sorda de auxilio.

Los ojos comienzan a ser invadidos y las ganas de acabar con todo, tomaban la fuerza de un grito desesperado.

Todos los gritos para mí son desesperados.

Me pregunto si la razón de buscar abrigo en una pared, tendrá que ver con no querer encontrarlo.

¿Las amebas qué hacen?

Método para extrañar menos

Ella entró a su cuarto irreverente diciendo “acá estoy” con el cuerpo. Y estaba, claro que estaba.

Frenó su cuerpo entero imprevistamente, giró levemente la cabeza hacia su izquierda, ahí donde cuelga sus cosas. Un gran perchero, un gran rincón de ropa llena de vida, soles, horas; y buscaba en el ¿quién sabe que cosa?

De pronto, como si alguien hubiese hecho sonar un campanazo hipnotizador a su lado, detuvo la mirada un pequeño rato de los muy pequeños.

Giró la cabeza hacia donde estaba él, clavándole la mirada sin verlo, observando la nada.

Dos segundos.

Tres.

Cuatro.

Cinco.

Realiza un gesto casi imperceptible, como frenando un beso en el aire a la vez que levanta apenas la ceja izquierda y hace dos movimientos muy cortos con la cabeza de arriba hacia abajo.

Dos, sólo dos.

Acomoda los ojos hacia un costado, luego hacia abajo, originando una especie de danza de coordinación casi olímpica con sus ojos.

Levanta la mirada y descubre como él fue testigo de un momento muy parecido a la intimidad del espejo.

Está hermosa; piensa él. No descubre nada nuevo, pero empieza a entender cuanto la ama.

…cuanto.

Él estaba buscando un método para extrañarla menos cuando ella ingresó a la habitación.

Musculosa rosa, un jean muy viejo, muy gastado, muy manchado, muy lindo.

Pelo mojado y totalmente ignorante de peine.

Estaba radiante.

Hermosa.

No, hoy no va a encontrar ningún método.